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jueves, 23 de mayo de 2024

Toros en Baitoa

                                                                  La sangre

(Un viejo artículo del 2020)

By: Ramon Felipe Nunez

En esta época de encierros de pandemia me he dedicado a leer nuevos libros y repasar alguno que otro cuyo contenido ha dejado de serme familiar..

 Por casualidad mientras releía de "Cuentos Escritos en el exilio" de Juan Bosch la narración que tiene tiene por título "El Funeral", vinieron muy frescos a la memoria recuerdos de hechos que en mi niñez fueron muy frecuentes. Me refiero a la reacción de toros y vacas cuando sienten el olor de la sangre de uno de sus congéneres.

  Para que nos podamos ambientar debo recordar que la obra de Bosch a que hago referencia con un resumen.

  Es así.

  Cuando se inicia la época de lluvía en una región de pastizales, que podemos adivinar en la cercanías de la Vega, el dueño de una manada de vacas lechera ordena trasladar las mismas al potrero cercano a la vivencia familiar. De tal traslado que se debe efectuar queda exento el toro, que asumimos es el semental de la manada.  Este toro se rebela, vuela cercas, rompe alambradas y agrede a todo el que se le acerca, pues añora estar en compañia.

  Siendo el dueño de la finca uno de los agredidos, en un acto irreflexivo le mata en medio de la carretera y en ese lugar se le desuella y se aprovecha su carne.

  De manera inexplicable para el autor alrededor de este lugar se van concentrando todo el ganado de sitios cercanos y lejanos, que mugiendo y escarbando el suelo expresan su rabia y dolor por la muerte de uno de los suyos. El espanto y terror de los seres humanos es indescriptible, pues evitan los alrededores de la concentración de todo ese gran ganado rebelde. Según el narrador tal concentración se prolongó por varios días.
 
   Asumo que el titulo de la narración es "El Funeral" y no "La Sangre", por el hecho que el último es el nombre de una novela conocida. Igualmente asumo que el hecho que dió origen a este cuento de Juan Bosch no lo conoció el autor sino por la narración de terceros como podré demostrar por unas consideraciones que hago sobre mi lar nativo.

  Veamos.

  Los que conocen algo del pasado de Baitoa, sabrán que fue esta comunidad enriquecida principalmente gracias al tabaco. Ese cultivo, como sabemos, podía dar sustento a una familia que poseyera al menos 4 tareas de tierra, pero al mismo tiempo daba lugar a degradación del medio ambiente manifestado principalmente en la desaparición de arroyos y cañadas, pues nuestros padres nunca se les ocurrió proteger la sombra de las plantas generados de agua y sombras, enemiga mortal esta última del tabaco. El tabaco, y las leyes de lugar y la  eliminación de alambiques, se tragó a la caña de azúcar que en  en cierta medida llevaba prosperidad a toda la zona de la Lima y López.

  Igualmente sabrán que nuestros ancestros, dada la abundancia de agua y pastos, acostumbraban a tener alguna pequeña manada de vacas lecheras que podían suministrarle algunas pequeñas entradas por la venta de la leche. Nuestra Baitoa, fue primero ganadera y luego tabaquera.

 Jamás se despachaba la leche que se producía en Baitoa hacia Santiago donde pudo tener un mejor y estable mercado. Sin embargo este era el accionar de los ganaderos de Lopez, como los Fernández y Julio Pérez y su descendencia, que hasta el día de hoy mantienen esta actividad.

  Si nos remontamos a los finales de los años 40 del siglo pasado, es decir hace unos 80 años, se puede compilar una pequeña lista de familias baitoeras que tuvieron sus pequeños hatos.   Enumero: Bartolo Pérez, los hermanos Marino, Amable, Neno Núñez, Daniel Fernández, Toño Núñez, Juan Plasensia, Primo Núñez. Todos los antes nombrados no tendrían más de 25 vacas. Una excepción lo era Moncito Fernández pues es posible que poseyera mas de 80 unidades. Logicamente los antes mencionados son los que recuerdo, pero hay más. Especialmente en la Zanja y López.

  Sabemos que se tuvo  carnicería en Baitoa desde al menos principios del siglo pasado. Se tenía expendio de carne en la misma de una manera regular. La regularidad en el expendio de carne hacía innecesario el uso del fotuto para anunciar la disponibilidad de la misma. El sonido grave del fotuto siguió siendo costumbre hasta muy entrado el siglo en gran parte del país, no así en Baitoa.

   Conocimos el fotuto, eso si, pero dándole otros usos.

  La carnicería, por lo menos en época del gobierno de Horacio Vásquez,  estuvo situada en lo que es hoy la entrada del puente que cruza el arroyo Baitoa,  en terrenos de Jesús María Fernandez. Luego se trasladó al lado de nuestra vivienda familiar.

 Las sequías, como sabemos, siempre han representado un incoveniente en la producción ganadera. Por ejemplo la sequía de 1914 fue tan fuerte que, por lo menos en el caso de Elías Núñez, se trasladó el ganado a las cercanías de Bonao. Igualmente la llamada sequía del centenario, año 1944, dejó por muchos años tristes recuerdos en la comunidad. Las sequías podían forzar la venta del ganado de forma no planificada.
 
 Hoy sabemos que la intervención humana en el medio ambiente de nuestra zona ha incidido en la desaparición de cañadas y riachuelos. Pero, adicionalmente, el fenómeno de El Niño ha sido responsable de las periódicas sequías que ha tenido el país. Adicionalmente tómese en cuenta que hasta hace  50 años el país conocía dos estaciones en el año: la de lluvía que se alternaban con las estaciones de sequía.

  Así como mayo era el mes de las lluvias más tormentosas del año y de los correspondientes desbordes del Arroyo de Baitoa, febrero y julio eran meses de estiaje.

  Los que tenemos cierta edad tenemos el recuerdo de que durante los últimos dos  meses antes mencionados  llegase desde la dirección del poblado o de la Lima en las tarde se arriase el ganado hacia el Arroyo para que saciase la sed. La vista de 20 a 50 unidades al mismo tiempo no eran raras.

  Sin embargo, por razones sanitarias,  en el año 1953, se construyó un lugar,al otro lado del Arroyo de Baitoa , para el sacrificio exclusivo del ganado vacuno . Se buscaba con la construcción de un profundo hoyo, donde se depositaba la sangre del animal, eliminar el derrame de la sangre en la corriente de agua.

  El resultado de tal medida es que era un tanto punzante el olor de la sangre para los humanos. Ya nos podemos imaginar que tan incitante podía ser para el ganado vacuno que descendía al Arroyo.

 Los que no han leído el cuento de Juan Bosch a que hice referencia al inicio de esta narración de seguro que pueden tener una medida de la misma cuando sentía el mugir de todo el ganado cuando sentía el olor de la sangre.

   Cuando tal cosa sucedía no era conveniente que nadie se acercase por el lugar.

  Los que conocimos la furia de toros y vacas en las circunstancias narradas no podemos sino sentirnos como protagonistas en la narración "El Funeral" de Juan Bosch

miércoles, 24 de abril de 2024

Luis Pelo de Caña


Por: Ramon Felipe Nunez 

Ramona y María Eugenia fueron las dos hijas de Juan Suriel y Vive, su esposa. Vive es un apodo, supongo. Pero no creo que nadie conociese a Juan Suriel, de la Zanja, y residente casi toda su vida en Baitoa por su nombre. Pero si conocían a Juan Vive. Juan Vive llegó a Baitoa como halador de andullos. No haré otra sino esa presentación de María Eugenia. Era la hija más pequeña de esa familia.

Regresé a mi país después de 10 años de ausencia en 1982. A los dos días de estar en Baitoa me encuentro con Maria Eugenia y le saludo como si nunca hubiésemos roto el contacto. Le pregunto: ¿ que has sabido del sinvergüenza? ". No había que poner nombre. Su respuesta fue con su habitual timidez. "Desde que se fue hacia la capital jamás regresó y nunca pude saber que fué de su vida.". Y a modo de explicación señalándome a un jovenzuelo de unos 11 años, " este es su hijo, se llama igual que él". En verdad que no presté atención al niño y continuamos hablando de su familia de Vive, de Juan y de Ramona.

La conversación me dejó un sabor amargo. Me sentía culpable de un hecho que no había realizado.

 Todo comenzó cuando la viuda Minaya me llamó un día a su casa y señalándome a Luis Pelo de Caña, que estaba sentado en una mecedora mirando al suelo, como un niño avergonzado por una acción cometida, me indicó. "Quiero que te lleves a Luis para Baitoa, si permanece aquí, en Santiago, o Santo Domingo es un hombre muerto".
Vamos a introducir las dos personas que mencioné en el párrafo anterior.

 La viuda Minaya lo era de un miembro del 14 de Junio que se había alzado en armas en el  año 1963. Murió acribillado por la espalda porque problemas en la espalda le impidieron retirarse de prisa cuando el ejército se acercó al rancho donde los alzados en armas descansaban. La pérdida de su esposo no la amilanó y convirtió su casa en un pequeño taller de confección de ropas que le permitía vivir con decoro y darle educación a sus tres hijos. Siguió la lucha de su marido protegiendo a los miembros del 14 de Junio en la medida de sus posibilidades. En cuanto supo que Luis estaba en peligro de muerte actuó prontamente y no vió a otra persona sino a mi para salir del problema que se presentaba.

 En cuanto a Luis, a quien tenía conociéndole por más de dos años,  era de apellido Fernández. No me lo dijo él. Pero con quienes compartió me afirmaban que era hijo de Ludovino Fernández, aquel afamado general trujillista. Y sobre todo, me afirmaban, había tenido una participación destacada en la lucha contra el invasor extranjero.

 Parece que tenía una modesta casa en Gualey. Y en ese sector se le vió combatiendo en los primeros días contra las llamadas tropas del CEFA. Después de saborear la victoria contra un enemigo formidable le llegó la noticia que de  el ejército norte-americano había desembarcado dividiendo la ciudad para de mejor manera eliminar los focos de resistencia  que se encontrasen en la llamada parte norte de la ciudad  que incluía el sector donde se encontraba.

 Rápido le vino a la memoria la hazaña de Gaspar Polanco y decidió que la ciudad capital debía ser presa de las llamas para mostrar el precio que se pagaría a los invasores. Inmediatamente comenzó a dar fuego a su vivienda, pero antes que respaldo hubo alarma en el sector y los vecinos apagaron las llamas. El fuego no se propagó más, como era su intención.

 Después de la guerra, pasó a servir la causa rebelde convirtiéndose en un simple chofer que transportaba personas desde Santo Domingo a Santiago, y viceversa. Y bajo el manto de ese trabajo trasladaba el periódico del 14 de Junio a toda la región del Cibao.

 En el transcurso del reparto de pasajeros llevaba el paquete de periódicos, dentro de grandes cajas de cartón, a la residencia de José Saleta en Bella Vista. Era esa residencia una casa rodeada de amplio patio. Tan grande era el patio que allí se tuvo la primera granja de pollos del Cibao que funcionaba en su parte trasera. Pero esa casa comenzó a ser allanada por la policía con bastante frecuencia. No fue extraño pues que, en una ocasión, cuando Luis entra con algunos pasajeros y su preciada carga, es detenido por un oficial de policía que estaba realizando una de sus tantas visitas. Luis explica que es chofer y que debe entregar un paquete que envían desde Santo Domingo y acto seguido pidió el auxilio de dos policías para que descargaran y se hiciesen responsable de esos paquetes. Es decir, que tuvo el coraje de poner a colaborar a la policía en una actividad revolucionaria.

  Su cabello era castaño, debió haber sido rubio en su niñez, y sus ojos, de un azul palido, se enmarcaban por unos lentes que delataban problemas de visión.

  Así transcurría su vida. Hasta que los cuerpos represivos comienzan a dar caza a algunos ex-militares que habían sido compañeros en los cuarteles  y luego en la revuelta. A Luis le comenzaron a buscar en Santo Domingo. Y a la viuda Minaya, por vías que sospecho, le informaron que le tenían ubicado en Santiago.

 Fue entonces que la viuda me llamó.

 Tomamos un vehículo en la parada y nos trasladamos a Baitoa. En llegando  le pedí a mi hermano Jose Amable que le diera acogida a mi amigo y de ser posible le consiguiese algún trabajo. Excepto el nom de guerre, Guaroa, con que le conociamos no supo más mi hermano sobre mi amigo.

  Recuerdo, en ese primer encuentro, que mi hermano tenía problemas con una motocicleta que poseía. Luis enseguida la examinó y resolvió el problema. Mi hermano tuvo, pues, una impresión positiva de Luis.

  Ese fin de semana hubo una tormenta, o ciclón, no recuerdo bien, que afectó la costa norte del país. No obstante ello Daniel Fernández y Tito García tenían necesidad de un chofer para un yip con que se trasladarían por los lados de El Mamey en negocios de andullos. Luis les sirvió de chofer.

 Parece ser que ya habían finalizado sus negocios en la zona cuando decidieron regresar. Pero un par de borrachines que se trasladaban en una motocicleta decidieron divertirse obstaculizando la vía y poniendo a todos en peligro. Tal era  la forma que se lanzaban contra el vehículo en que viajaban los baitoeros. Daniel Fernández tenía urgencia de avanzar. Por tal motivo Luis pidió permiso para resolver ese problema.

 No imaginaban, Daniel o Tito, el método que usaría Luis para lograr su objetivo. Lo hizo de manera simple. Aceleró con el vehículo y dió un golpe como de carambola en billar contra el motor saliendo disparados, literalmente volando, los borrachines a cada lado de la vía. Pensaron Daniel y Tito que  tenían un par de muertos por los que responder, por lo que no objetaron cuando Luis a toda carrera se alejó del lugar.

   Pero como el diablo nunca duerme, en su avance se encontraron con un puente que en la mañana estaba en pie había sido arrastrado por las corrientes del río que cubría. No hubo más remedio que retroceder y enfrentar lo que fuese respecto al accidente provocado.

   Y encontraron a los accidentados.

  Aunque no me crean, pero así se me narró, ya los borrachines estaban sobrios y sin ninguna herida en el cuerpo. Estaban, en consecuencia, muy agradecidos de los baitoeros. Antes que pedir compensación económica dieron las gracias.

 Luis no ocultó que tenía un pasado en la milicia. No se si fui yo que informé a algunos amigos que Luis era muy bueno al tiro al blanco. Así se me había dicho.

  Por tanto fue con mucho cuidado que Joseph Núñez, hijo de padrino Talo, que me preguntó : "¿ estás seguro de que él fue militar?. Pues tuve problemas con mi rifle de aire y él no sabía que hacer con el mismo ".

 Me confesó Joseph que Luis era amigo de exagerar. Así me enteré que Luis había hecho ciertas narraciones  a un pequeño grupo de jovenes de sus andanzas en el ejército. Así se enteraron de que viajando en un barco de la marina fue abandonado en Panamá. Y él, Luis, no se amilanó y regresó a pie hasta Santo Domingo.

  Si han leído mi narración sobre mi tío José Romero deben llegar a la conclusión que para ser militar en República Dominicana se debe tener una imaginación muy fértil.

  En algún momento el gobierno contrató gran cantidad de personas en la construcción y mejora de carreteras en Baitoa. Luis, de alguna manera, tuvo algún contacto con algún ingeniero, supongo yo, y logró trabajar como "listero". Pudo entonces tener algún ingreso fijo.

  Fue en esos momentos que noté un pequeño encuentro entre Luis y María Eugenia. Luis como buen romántico lanzó algunas piedrecillas en dirección de María Eugenia. Está última se disgustó sólo para mantener las apariencias. Recuerdo que le dije a María Eugenia que no prestara atención a mi amigo.

 Para mi fue una sorpresa cuando la viuda Minaya me convocó a su casa para una pequeña celebración. Por su casa habían ya pasado Luis y Maria Eugenia camino a un juzgado de paz. Ahí los esperamos. Llegaron con un simple bizcocho en la mano. Con algunos resfrescos brindamos por los recién casados. María Eugenia estaba feliz. Muy feliz.

  A finales de 1971 estando en Baitoa se acercó a mi María Eugenia. Creo que ya había nacido su hijo. Me dió la queja de que Luis Pelo de Caña se había ido hacia Santo Domingo y no tenía noticias de él. Sólo sabía que trabajaba para la Cruz Roja.

  El lunes siguiente estando yo en Santo Domingo y caminando por la calle Independencia, por Gazcue, en hora de tránsito pico, noté un vehículo de la Cruz Roja que  sube por las aceras para avanzar. Venía en mi dirección. En el volante distinguí la figura de Luis. Hice todo lo posible para llamar su atención. No lo logré. Siguió su marcha.  Nunca lo volví a ver.

 A los pocos meses hube de salir del país.

  En el extranjero conocí una figura nefasta para el país. Pero, siendo esta persona, hijo de Ludovino Fernández, me atreví a preguntarle si conocía de la existencia de ese posible hermano suyo. De mala manera negó tal posibilidad.

 Luego de regresar al país, conocí a Luis Fernández hijo, producto del matrimonio de María Eugenia y mi amigo. Por hacer amistad con él le relaté que yo había sido amigo de su padre.  Su respuesta me dolió. Se resumía en señalar que no podía tener sino desprecio a quien lo abandonó como niño. Entendí su dolor. Pero lo sentí en carne propia.

                          Sólo quería saber como fueron los últimos días de Luis Pelo de Caña.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Semblanza de una tierna foto

Vamos, les introduzco a mi bisabuela Emilia Pérez Núñez. A quien nunca conocí. Pues parece que murió por el año 1947, según puedo deducir. Casi centenaria, pues nació en el año 1854


Por: Ramon Felipe Nunez
 En la foto que presento tenemos a la protectora bisabuela de Orlando Núñez, su biznieto. El año de la foto es 1938. Por tanto el niño Orlando tenía entonces 3 añitos. Hoy ronda ese niño por los 85 años. La bisabuela rondaba ya los 84 años. Y era viuda, para entonces, por 23 años.

  Ella era hija de José Pérez, casado con Juana Pérez. No me explico como algunos miembros de la familia le daban como segundo apellido Núñez en vez del Pérez de su madre. En algún momento lo sabremos.

  De todas formas, hago constar que Emilia Pérez Núñez ( o Pérez) era tía de mi abuela Juana Pérez. Mire usted como estabamos mezclados.

Había casado, Emilia, por el año 1976 con Sebastián Núñez, 12 años mayor que ella. Ese sí, hijo de José María Núñez Franco. Con él tuvo esta bisabuela mía unos 13 hijos que fueron :
    

Elias,  nacido en       1873 - 1986
     Leopoldo,              1878 - 1964
     José Isaías,           1880 - 1968
     Ramón María,           1885 -
     Abraham,               1883-
     Juan Isidro (Juanico), 1886 - 1981
     Esteban,               1894 -
     Fabio            
     Jose Ramón (Moncito)   1896  
     y además tuvieron las siguientes hijas
     María Petronila,        1879 -
     Cecilia (Chila),        1875 -
      Juana                  1882 -
      y Sivina,              1889 - 1977
     Trece hijos, pues.

  Hasta ese matrimonio eran los Pérez la familia más poderosa, en el ámbito económico y político,  en Baitoa. Su riqueza provenía del hecho de que tenían la mayor cantidad y las mejores tierras de toda la zona. Los Núñez que, como quien dice,  eran recien llegados establecidos inicalmente en la Cruz Roja se extendieron hacia la Lima donde prevalecía la fuente de riqueza más importante de la zona que era la caña de azucar. Y la pareja Sebastián y Emilia les nacieron estos 13 hijos en La Lima.

  Pero entonces, la concertación matrimonial  antes citada, comenzó a comprar esas tierras de los Pérez. Pasó entonces este matrimonio, incluyendo a su hijo Elías Nuñez, a ser la familia de mayor poder económico de la comarca.

  Y, es que esta familia parece ser la que introdujo en Baitoa, en gran escala, el cultivo de tabaco, El tabaco, la gran fuente de generación de riqueza en el país entonces. Llegamos, pues, más tarde que la gente de Sabana Iglesia al mundo del tabaco y los andullos.

  Según narraciones familiares no sólo se recorría el país vendiendo cargas de andullo. También se llegaba hasta Cabo Haitiano, en el vecino país. Recuerdo que mi abuelo hablaba de buena manera de la caballerosidad de las personas que conoció por esa urbe.

  Entonces, como ahora, la seguridad no era buena en esa época. Pero el comercio llamaba. Por tanto debían viajar armados y hacer uso de las armas aún de manera preventiva.

  Por lo narrado hasta ahora se deduciría que Sebastián tendría un don de mando tal que en el hogar sería batuta y constitución. Pero nos equivocamos si llegamos a tal conclusión. La voz de mando en la casa la tenía Mamita Emilia. Si, la de la foto. Sé que mamita Emilia, como posiblemente Sebastián y gran parte de la sociedad de Baitoa del año 1900 no sabía leer ni escribir. Por tanto cuando había menester de tales menesteres se recurría a los oficios de una jovencita brillante de nombre Juana Pérez, que con el tiempo llegó ser mi abuela.

  Para tener una idea del don de mando de Emilia Pérez, la tierna anciana de la foto, recurriré a dos hechos que me fueron narrados.

   Resulta y viene a ser que Leopoldo, su hijo, realizaba bastante frecuentes amorosas a una chica residente en Rincón Bellaco ( la zona de Baitoa que va desde el actual cementerio hasta la escuela primaria Gabriel Franco). No tenían buena fama las chicas residente en ese entorno. Su madre, cuyo nombre no viene a mi memoria, escribió una carta en la que la instaba a que doña Emilia y don Sebastián, junto con su hijo la visitasen para formalizase el noviazgo. La decisión de doña Emilia se tomó al instante, no necesito a nadie. "Juana escribe ahí que para visitar en esta casa estoy yo, y  que cuando me parezca conveniente haré tal cosa".

    Debio haber sido el año 1898 en que tal cosda ocurrió. A los pocos días llega de La Penda una comadre o familiar de los Núnez de visita  a casa de Sebastían Núñez y Emilia Pérez, que seguían aún  viviendo en La Lima, con su hija, adolescente ella, de nombre Lola Múñoz. Lola impresiono, no sólo por su porte sino sobre todo por que llevaba puesto un sombrero de alas anchas que no se conocía en Baitoa.

   En lo que las comadres hablan la joven Lola ve que hay un montón de ropas por lavar. Sin pedir permiso toma la ropa la lava y luego, en la tarde, procede a planchar la ropa en cuestión.  Doña Emilia Pérez, le dice a la comadre: "Comadre quiero a su hija para esposa de mi hijo Leopoldo. Ese hijo mío tiene unos amoritos que no le convienen, así que en dos años hacemos el compromiso y el matrimonio ahí mismo"  Parece ser que las edades de los jóvenes eran compatibles.

    Efectivamente pasa el tiempo acordado  y  el jóven Leopoldo acaba sus amores, pero enseguida se compromete con una hija de Gabriel Franco, de nombre Ernestina. Gabriel Franco era ya persona de respetar y los compromisos con sus hijas no terminaban así tan facilmente. Y llega la fecha en que la joven Lola viene de regreso a Baitoa para sellar la palabra comprometida. Doña Emilia ante el trance actúa con prontitud: "Leopoldo está comprometido con una hija de Gabriel Franco, pero ahí tengo a mis hijo Abraham. Se sigue lo acordado, pero ahora el matrimonio será con Abraham".

   Abraham vestía aún pantalones cortos, señal de que no llegaba a los 16 años. No sabemos en que orden recibió los siguientes mandatos: uno, se le van a bajar los pantalones, dos, se casará usted con la joven Lola. Sin entrar en nimios detalles, sólo debo indicar que Abraham saltaba de la alegría. Las malas lenguas señalaban que toda su alegría se debía a que le "bajaron" los pantalones, señal de que pasaba a ser considerado como adulto.

  Pero llegaba más lejos Mamita Emilia.

  Su hijo Elías, según nos parece, aceptó el matrimonio concertado entre ella y Mon Pineda. Pero con ese matrimonio Elías se mudó al Poblado de Baitoa, fuera del control de su madre.

  No fue esa la suerte de su segundo hijo, Leopoldo, que al casarse debió aceptar vivir bajo el techo familiar. Abraham tuvo mejor suerte, pero consiguió que le consignasen tierra y casa en las cercanías del hogar materno, aunque inicialmente se mudó a la Loma del Toro Joco.

 Me extendí bastante tratando de analizar el actuar y la sicología de esa tierna anciana. Sólo para indicar que era tierna, pero con don de mando capaz de hacer cambiar las relaciones sociales de Baitoa.

sábado, 22 de agosto de 2020

Costumbres medicinales baitoeras.

Por: Ramon Felipe Nunez

La prima Maria Wassemberg, nieta ella de Elías Núñez, nos pidió un relato de costumbres nuestras. Haciendo cierta lectura de otro país encontré algunas costumbres de uso de medicina casera que se aplicaban en nuestra infancia. Otras no.


 Pero antes de tomar esa lectura quiero recordar unas experiencias nuevas que encontré en Baitoa cuando regresé a principios de la década de los 80 del siglo pasado.

 Pasaba por la Lima y preguntó por un joven a su familia. Me dicen sin más "Eugenio esta en Nueva York". Pregunto "¿cuándo regresa, aún sea  de visita?". "Pues dice que no. Sólo viene cuando vendan yerba en Baitoa". Al cabo de un año Eugenio estaba de visita. Ya se cultivaban dos tipos de marihuana por los lados de la Presa de Taveras.

 Hablando del tema con otros muchachos les señalaba que era un suerte que nadie en la comunidad conociese como se podía obtener un opiáceo a partir de la flor de la campana. Yo sabía como se puede hacer, les dije. No se pueden imaginar de que manera me rogaban los jóvenes que les dijera cuál era el procedimiento. No me ablandaron.

 Pero vayamos al tema.

 Señalo la controvertida  flor de la campana porque mi abuela me aseguraba que ella curó a su hijo Eugenio, mi tío, del mal de astma con vapores hechos a base de esta flor. También me mencionó otros casos. Algunos los pude comprobar.

 Acostumbraba mi abuela a sembrar en Baitoa, y en un minúsculo jardín en Santiago, algunas yerbas medicinales. Su favorita era la tuatúa. !Tanto que me lo hizo tomar¡ Me parece que era para fines anti-parasitarios. En el país se usa para los dolores de estómago, enfermedades venéreas, diurético y purgante. Y me quedo ahí.

 Lo que no sé es si tomé múltiples veces infusiones de la ruda no se con que fin. Pero sobreviví. La ruda es la misma cicuta que hicieron tomar al filósofo Sócrates para provocar su muerte. Pero de que la ruda era popular, lo era. Aunque mis vagos recuerdos es que la hoja de la misma se usaba como emplasto a colocar en la frente para combatir la migraña.

 Hasta ahí mi frágil memoria con los remedios caseros de mi abuela.

 Ahora desgloso la lectura  extranjera, que encomillo,  con mis comentarios.

 "Una de sus prescripciones más famosas era el unto de azahar que se colocaba en la vejiga para que los niños no se orinaran en la cama de noche." No recuerdo bien, pero era una de las recetas de mi abuela. A mi jamás se me aplicó. Sé que se usa en loción para clarificar la tez.  El agua de azahar es utilizada como sedante nervioso. Las flores maceradas en agua se usan para quitar las espinillas・

  Orinar sobre un  hierro calentado al rojo vivo se usaba en Baitoa para controlar la incontinencia urinaria. Lo ví aplicar a un familiar y surtió efecto.

 'Los casos de las llamadas "secas" que salían en la ingle producto de infecciones se curaban orinando sobre un tizón.' En mi caso, tío Chico Pineda me aplicó unas hojillas de no sé que arbusto que previamente mojó con su saliva. Y luego me hizo un ensalmo. Puede ser sugestión, pero el malestar después de padecerlo por varios días al día siguiente de mi medicación  fue eliminado.

  "Práctica de la época para tratar el sarampión era tomar bosta de vaca". Eso allá. Pero a mi aplicaron mi propia orina por todo el cuerpo. Un buen baño debo decir que bajaba la fiebre.

 Aquí agrego una anécdota de mi abuela al respeto.

 Como sabrán los baitoeros que me leen, fue Neftalí Núñez, hijo de Abraham, el primer médico baitoero que hemos tenido. Como médico al fin, fue entrenado para repudiar todo tipo de medicina casera. Mi abuela en su presencia recomendó a una joven que la visitaba una tizana para combatir parásitos intestinales. Se indignó el médico ante tal desmán. La respuesta de mi abuela no fue nada diplomática.

 Le recordó que su padre Abraham Núñez muchas veces les dio para el mismo malestar una tizana de excremento de perro, envueltos en un paño blanco, al que se agregaban unas gotas de la leche de la planta ornamental que conocemos como zapatico. " Miren al médico este". No creo que tío Neftalí se ofendiera mucho, pues siguió visitando a mi abuela.

 (Anexo foto de la planta ornamental que conocemos como zapatico)
 
  "El aceite de Castor se usaba para purgar a la gente".  Ayy que tantos malos recuerdos. En mi caso puedo afirmar que si iba a la letrina antes de las 07:00 de la mañana ese aceite de castor  era el premio mayor. Mi padre era gran  creyente en la eficacia de ese remedio. Andando yo descalzo por el arroyo, como era mi costumbre,se interpuso un pedregón en mi camino y casi me desangro por una herida en el dedo mayor del pie. Mi padre paró el sangrado. Pero luego el bendito aceite de Castor y a la cama. Mejor no recordar que aún  sufro, y no del dedo.

 Agradezco a esa costumbre, sin embargo, pues para beber el remedio "cuicui" mi padre agregaba algo de vino. Acabé odiando el vino y todo alcohol hasta el día de hoy.

 Luego vino la milagrosa píldora de vida del doctor Ross. El efecto era el mismo. Y si. Hice su amistad.

 No haré mención de la tizana de la corteza de la planta de aroma o de la del roble que me hizo tomar tío Chico Pineda como tratamiento para problemas intestinales. Quedé vivo. Y los problemas intestinales mejor que nunca.

 Lo que si he confirmado es el beber por al menos un día de una bebida que tiene como base la tripa de auyama , arreglada con canela y azúcar, si quiere usted eliminar piedras en los riñones. También el curandero, que soy yo en esta área, recomienda el té de perejil o el de cola de caballo. Cuidado si recurre a la cuchilla cirujana para eliminar piedras en los riñones.

 Hasta ahí mis recuerdos.

 Se que muchos baitoeros conocerán muchos otros remedios.

sábado, 11 de julio de 2020

Marino El Tiguere


Por: Ramon Felipe Nunez
No es agradable hablar de personas de la comunidad que llegaron a desarrollar hábitos no muy agradables que se diga, más si esa persona es hijo de una familia respetable, peor aún si esa persona llegó a ser tu amigo en la niñez. No es agradable, pues, la tarea que ahora me impongo.

  Voy a narrar algunos aspectos de la vida de un compueblano que con algo de sarcasmo se le puso de apellido "el Tigre", para no hacer alusión a su verdadero apellido Sánchez, aunque su nombre Marino nunca le fue alterado.

 Debo pedir perdón a sus padres, Polín Sánchez y doña Aurelinda, aún no encontrándose con nosotros, y a su hermana Ramonita  por mencionar la oveja negra de la familia.

 Fuí amigo de Marino el Tigre en su niñez, pues eramos vecinos. Y lo de la amistad lo refiero porque en Baitoa sólo tuve pleito de puños con Ernesto Pérez, supongo que andaríamos por los cuatro años, y con Marino quizá un año después. Por ello al igual que a Ernesto Pérez lo he de considerar mi amigo.

 Antes de entrar en detalles de su vida. Debo señalar que Marino, entre los jóvenes de su edad en la comunidad fue de los primeros en emigrar a Estados Unidos. Pudo haber sido en el año 1966. Ya nuestra juventud no veía horizontes o futuro de progreso y se dedicaba a aprender inglés con la meta de en algún momento abandonar el lar nativo.

 Como señalé Marino lo hizo primero que todos. Pero no permaneció mucho tiempo en Nueva York. Recuerdo cuando lo encontré en el río, cerca de las construcciones de los Fernández que conocíamos como el balneario. Allí se la lucía con un reducido número de chicas, entre las que recuerdo algunas nietas de Imoena Fernández, que se encontraban de visita en Baitoa. Se lucía, decía, porque procedía delante de todos a realizar un tatuaje en uno de sus brazos usando una hojilla de afeitar y tinta china. La vieja imagen es vívida porque desde entonces me ha parecido un tanto primitivo proceder a marcar la piel humana como la de una res cualquiera.

 No quiso seguir una vida segura en el extranjero, pues prefirió una vida ambulante por todo el territorio nacional. Es algo que no he podido comprender.

 Cuando alguna vez, luego de ese encuentro. pregunté por él, se me respondió que Marino era un "doctor", pues curaba enfermos y  era vidente, en otras palabras era un curandero. Le iba muy bien en su oficio puesto que era solicitado por sus clientes que le eran fieles hasta que en algún momento los timaba y dejaba de visitar el sitio.

 Decía ser un experto en preparar espuelas para peleas de gallos. Por lo menos tal cosa me afirmó cuando lo encontré por casualidad en un campo de las cercanías de San Francisco de Macorís donde me pareció que había amanecido durmiendo en la gallera del lugar.

 También era aficionado a la apuesta en la pelea de gallos. Y era ganancioso en esta lid. Al extremo de que su fama de escapar sigilosamente del momento que veía su gallo perdido círculo por muchos lugares del país.

 Tal fue el caso en una gallera de Taveras. Parece ser que los apostadores les exigían alguna garantía para aceptar algún reto. Pero, en esos momentos, a la gallera se apareció César Pérez y Marino, raudo, se acercó a saludarle. Luego regresó donde sus contendientes indicándoles que su padre, César Pérez, le autorizaba a apostar hasta diez mil pesos. Y ahí comenzó el desafío.

 En un momento dado el gallo al que apostaba Marino rodó por el suelo, por lo que éste intentó abandonar el lugar, pero fue tomado por una mano por su contrincante al tiempo que gritaba: "esta cogido, amigo". Tremendo dilema. Pero el gallo de Marino se recupera y lanza al gallo contrario a  realizar pataleos. Con lo que Marino tomó la otra mano de su compañero al tiempo que gritaba " en verdad, amigo, que estamos cogidos". Y efectivamente se fue de la gallera diez mil pesos más rico.

  Sólo al cabo de una semana, descubrieron los galleros de Taveras que César Pérez no era el padre de Marino y que, por tanto, no podía garantizar apuestas. Pero ya era tarde y  eran diez mil pesos más pobres.

 Acostumbraba Marino, sin regularidad alguna, regresar a casa de sus padres. Podía ser su ausencia de tres meses o de dos años. Su madre lo recibía con tristeza y alegría. Sólo recientemente me enteré que llegaba a golpear a su madre Aurelinda y, en consecuencia, era apresado. Pero Aurelinda al día siguiente rogaba a las autoridades que le liberasen a su hijo.

 Por lo general se mantenía tranquilo en Baitoa. Aunque no siempre así. Por lo menos un grave delito de violación  sexual llegó a cometer, sin contar algunos hurtos realizados a la luz del día.

 Asumo que era tranquilo cuando llegaba en compañía femenina. En cada regreso tenía una chica diferente. Asumo que su madre rogaba a Dios para que su hijo asentara cabeza con alguna de ellas, pues a todas recibía con paciencia y sin protesta.

  Al respecto de una de ellas le confesó una vez a su madre que estaba preocupado porque a la jovencita la había sacado del colegio sin que sus padres lo supieran. Tal confesión preocupó a su madre que quiso averiguar con la jovencita sobre su pasado. Pero esta le confiesa que en realidad ella trabajaba en un prostíbulo.

 Y hasta dos mujeres logró reunir Marino en la casa familiar. Y ello si disgustó a su madre.

 Marino siguió su vida de gitano criollo. Hasta que  en la década de los 90 del siglo pasado transcurrieron más de tres años sin que Marino regresase. En una fiesta patronal uno de esos negociantes que se mueven a los lugares donde se celebran tales fiestas informó que Marino había sido asesinado en un lugar cerca de Cotuí. Lo picotearon fue la descripción de cómo perdió la vida.

 Su madre, Aurelinda, no hizo caso a tal información. Murió esperando el regreso de su querido hijo,Marino el Tigre.

viernes, 3 de abril de 2020

Costumbres de Baitoa

Por: Ramon Felipe Nunez.
Esta vez voy a narrar algunas costumbres que han sido tan propias que a veces  nos diferencian de otros lugares del país y en algún momento llegaron a constituir parte de nuestro modo de ser.  Describiré esos hábitos nuestros recurriendo a narraciones que me han llegado directamente o través de terceros.  No niego que muchos de las costumbres aquí descritas se han perdido con la transformaciones que ha sufrido nuestra sociedad, mientras que otras están delante de nuestros ojos aunque queramos negarlas.

Algunos hechos nos traen alborozo, especialmente cuando nos traen armonía, y nos hacen sentir orgullosos de quienes somos. Pero hay otros que pueden ser motivos de vergüenza  e indignación aún con sólo narrarlos. Como no profundizo en las causas de unos y otros sólo pido un poco de comprensión.

Las costumbres se refuerzan en el hogar y  en la escuela, cuando la misma cumple su función de creadora de nuevos mundos, pero nacen del diario vivir y de la forma que realizamos el trabajo para crear riquezas. Cuando el periodista y sociólogo dominicano Josë Ramón López describe el alma de nuestro pueblo,  nos habla de un conglomerado inmerso en la desidia y la vagancia que se reforzaba por sus pobres hábitos alimenticios. Sus descripciones son muy vívidas y nos habla de zonas enteras del país donde el hábito de alimentarse adecuadamente bien no se conocía. Siempre cuestioné estos escritos, porque el mundo asi descrito no era el que yo conocía. En algún momento de mi vida viví en una atrasada comunidad del Sur del país y pude darme cuenta que lo narrado por José Ramón López sobre algunas regiones de la zona costera norte no eran tan irreales para los años setenta del siglo pasado.

Pero Baitoa nunca fué así. 

Y es que Baitoa vivía del tabaco desde, al menos,  el siglo dieciocho, y también de una ganadería que no era tan extensa pero proveía de un alimento rico en proteinas. Y ambas actividades eran fuente de riqueza. En Baitoa el tabaco generaba, en relativo espacio pequeño de terreno, suficiente dinero para levantar una familia y una casa que se iba llenando de las comodidades básicas. Todavía por los años 70 del siglo pasado, a partir de Julio, no era extraño ver vehículos trayendo camas y armarios adquiridos en comercios de Santiago con la venta de la última cosecha del tabaco. Lo mismo que nos narraban nuestros abuelos de lo que sucedía para los mismos meses de los años que bordean el final del siglo 19, solo que el transporte era la carreta o el caballo. La venta del ganado en, y fuera de,  Baitoa también permitía adquirir algún dinero para solventar una necesidad normalmente planificada. Mientras que la crianza del cerdo, que inicialmente se vió como la fuente de grasa en nuestra alimentación, ya para finales del siglo 20 llegó a ser la alcancía del hogar.

Desde la época del último gobierno de Horacio Vásquez se comenzaron a construir canales de riego y, por tanto, se alentó el cultivo de arroz, con lo que el país comenzó a no depender de la importación del cereal, proveniente de las Carolinas y del Asia Oriental,  y consumir el producido en los nuevos arrozales de Navarrete, Villa Vasquez y Bonao. Al mismo tiempo se perdió en Baitoa la costumbre de cultivar el arroz secano y, en consecuencia,  el arroz "pilado" en la casa desapareció, a pesar de la añoranza  que por él mismo nunca fue abandonada por nuestros abuelos.

Soy testigo de que en el nordeste, y gran parte del país, cuando muere un ejemplar vacuno dejan que las auras, que son unas negras aves de rapiña que aún no he visto por Baitoa, den con su carne y sus huesos. E igualmente si hay una muerte accidental en el ganado, el dueño de la misma aprovecha su carne. Sin embargo, en Baitoa tuvimos costumbres distintas: el ganado que muere por enfermedad se entierra, y el que muere por accidente, por ejemplo despeñandose por un barranco, es de de consumo gratuito de la comunidad.

Esta última costumbre no era del agrado del dueño del ganado. Pero costumbre ha sido y, como tal, reina del lugar. Siempre hubo alguna sospecha que algunas de estas muertes accidentales eran provocadas. Hay un caso  que afectó la familia, pero que ilustra la costumbre. El caso lo oí de nuevo  recientemente de labios de Manolo Cepeda. La historia es la siguiente. Debía Manolo, en un día domingo, ordeñar por vez primera una vaquilla con becerro que pastaba en las cercanía de Mocán. Siendo primeriza,  la vaquilla estaba muy nerviosa y no permanecía quieta de forma alguna. Un joven  experto de Mocán, que vestido de gala dominguera se dirigía a Baitoa, ofreció ayudar maniatando y ordeñando la vaca de marras. Pero tuvo tan mala suerte que la vaquilla al sentir sobre si el lazo,  disparó sobre la ropa del experto vaquero una lluvia de excrementos y orinas que le arruinaron su ropa y sus planes de diversión ese domingo. El joven se enfureció de tal manera que arrancó una estaca y le descargó tal paliza al pobre animal que inmediatamente perdió la vida. Logicamente que tal accionar tuvo consecuencias por parte del alcalde de Baitoa, pero el reparto de las carnes de la vaquilla reunió todo Mocán y parte de los Callejones de Baitoa. Este hecho ocurrió en 1951, pero tambień vienen a mi recuerdo otros hechos similares mas.

Con el ganado era común que algunas personas lo arrearan, durante prolongado período de tiempo, diriamente al rio o al arroyo de Baitoa. Como yo viví en las cercanías de la carnicería, situada a pocos metros del arroyo, sentí durante esos períodos de abrevamiento la furía de los toros cuando les llegaba el olor de la sangre de sus congéneres en los lados de la carnicería. Todavía al dia de hoy siento terror y lástima al sentir la furía y la impotencia de las fieras en el arroyo. Aunque, que yo sepa, nunca hubo desgracia que lamentar.

Algunos de los lectores de Baitoa habrán oído, de parte de alguno de sus abuelos, de las ocasiones en que se sacrificaba un cerdo y se rogaba a los vecinos que fueran a tomar alguna porción del mismo,  pues de otra manera se pòdía perder. Yo mismo  escuché tales narraciones más de una vez. Y si me preguntan como podía suceder que no se le diera valor a la carne de un cerdo sacrificado, la respuesta que tengo es que, por un lado todavía no se tenía carnicería en Baitoa, por tanto no había expendio de carnes. Y en segundo lugar el cerdo se sacrificaba porque se había agotado ya la fuente de grasa animal tan necesaria en la preparación de los alimentos de entonces.

Luego se tuvo carnicería en Baitoa, que pudo ser a inicios de los años 20 del siglo pasado, la primera regenteaba por Jose María Fernández y situada en las cercanías de donde luego se construyó la casa de Alsacia Fernández, su hija. Luego pasó a situarse al lado de nuestra vivienda familiar. En ningún caso se recurría al fotuto de lambí para anunciar la disponibilidad, como todavía por los años 60 se hacía en gran parte del país y aún en nuestras vecindades, pues el expendio de carne siempre se hizo de manera regular.

Y en cuanto a consumo de carnes, aparte de cerdo y vacas, ¿ que otras carnes se consumían ?

Se tenía la crianza de gallinas en la casa. Y es bueno recordar que se construían la casas sosteniendo  pilotillos el piso de madera. Una de las últimas casas en que se pudo observar tal disposición  fue en la de David Núñez en la Lima.  El amplio espacio debajo del piso de madera se usaba para recoger de noche las gallinas, cerdos y hasta chivos. De día los niños solían jugar despertando sus fantasías en ese espacio ocultos del ojo avisor de los padres. La consecuencia era que todo niño de Baitoa se hacía  receptor de una crianza de niguas que, al hacerse insoportables en los piés,  se expulsaban en base a un procedimiento de cirugía doloroso realizado usando como instrumentos una chambra o una aguja de coser. De que era doloroso, lo era. Nadie tiene que decírmelo. Lo sufrí en carne propia

Algunas personas tenían por actividad la caza de aves salvajes. Palomas torcuaces y guineas salvajes principalmente. Y hasta en alguna ocasión un pavo salvaje caía presa del disparo certero del cazador. Pero con la siembra cada vez más intensiva y extensiva del tabaco tales  actividades han ido desapareciendo. Quizá algún baitoero haya oído hablar de las aventuras de cazador de Tono Valerio y  de como fue a caer prisionero, y sometido a torturas,  en la peor época de la represión "anti-comunista". De ello escribiremos en otra ocasión futura. 

Canó Valerio su hermano mayor, fue un cazador muy habil, como lo fué en todos los oficios que emprendieron estos dos hermanos. Pero Canó tenía un modo de ser peculiar, modesto en las cosas extraordinarias que realizaba y exagerador en los hechos cotidianos. Por ejemplo, en New York relataba a un conocido, que no era de Baitoa, como en una ocasión saliendo de casa por el arroyo de Baitoa, de un sólo disparo contra una parvada de guineas mató tantas que le fue necesario contratar los servicios de un muchacho para poder llevar la caza a su hogar. Pero ese era Canó, usted le cree si quiere.  

Si mis informaciones están actualizadas el último cazador que queda en Baitoa es Fermín Tavárez, viudo la hija mayor de Argentina Guazó. En sus andanzas ha encontrado especies anímales que no se encontraban en Baitoa como el carrao, característico de la Cordillera Septentrional y que he encontrado, también yo, pero en la Loma de Juana Núñez. Hasta un flamenco fue dado de baja por Fermín, con el agravante de que lo consumió en su casa con el esperado y posterior desdén por tal tipo de carne.

Baitoa no conoció la siembra de hortalizas modernas, pues se aprovechaba las que se conocián desde la época de nuestros indígenas. No se tenía la lechuga, pero se cultivaba la chicoria, de sabor más agradable que la lechuga mientras fuera tierna. Pero bastante amarga cuando la hoja maduraba. Muchas familias preparaban la verdolaga, hasta que a alguna persona se le ocurrió que esta arrastradera es sólo apta para los cerdos. Pero creánme que es crujiente y agradable al paladar. También era común el cultivo del berro y la espinaca. Pero, el agro como empresa ha enterrado algunos de nuestros cultivos tradicionales. Sufrimos sus consecuencias.

Para el consumo de agua tanto como hidratante o como medio de limpieza se tenían a principios del siglo 19 abundantes maniantales por doquier. Recuerdo que doña Alsacia Fernández tenía debajo de una mata de mamón, en el patio de su casa,  un manantial que usaba para el consumo cotidiano. Igualmente mi madre me narraba que el agua que usaban en su casa provenía de una fuente de abundante agua que manaba a orilla de la cañada sita en los actuales callejones de los Sánchez. Y no sólo ello, me narraba, además,  que cuando le era permitido ella y sus hermanas se bañaban acariciadas por una pequeña cascada de agua que existía entonces. Llegué a ver esa cascada, pero sólo después de un período de intensas lluvias.

La fuente de agua por excelencia para el consumo humano lo era una cañada situada en las cercaías de donde hoy está la Escuela Primaria Africa Núñez. Hacía allí se dirigía la tropa de mozalbetes, jinetes en burros trotadores.

Pero ya para 1912, algunas casas comezaban a ser techadas de zinc. Maestros constructores de Arroyo Hondo llegan a Baitoa contratados para construir tanques para almacenar agua. En algunas casas se tienen inodoros y lavamanos que son alimentados de esos tanques. Se crean maneras y modales que hacen la estancia más agradable para los citadinos que ya para entonces nos visitan con más frecuencia.

Sin embargo, los techos con hojas de metal, hacen cambiar la percepción del baitoero sobre fenómenos cotidianos. Por ejemplo, de Güide Pineda hacían burla sus contemporáneos durante largos años, porque no llegó a entender, por mucho tiempo, que por el hecho tener así techada la cas de sus padres las lluvías no se hacían más intensas. Las lluvias de mayo se hacían ensordeceras con los truenos y el viento, hubiese o no techo de zinc.

Baitoa producía tabaco y producía dinero vendiendo cerones de tabaco, pero podía escoger las hojas de mejor olor para fabricar andullos y montar fabricas de cigarro.  

Siempre se consideró el tabaco como el padre de los gobiernos progresistas del Cibao por el hecho de que el tabaco producía riqueza para muchos. Una familia campesina con unas seis tareas de tierra podía producir unos 25 quintales de tabaco y con el producto de su venta con la adición de la  crianza de pollos y cerdos una familia podía vivir decentemente. Se podía levantar la familia. Por ello es que se habla de la fuerza democrática del tabaco.

Los que tenemos cierta edad aún sea por curiosidad llegamos a fumar "pachuchés". Algunos como quien escribe lo fumamos, y no teniendo el hábito de fumar, sentimos las consecuencias desastrosas en nuestro organismo. Sin embargo, el campesino de Baitoa fumaba el tabaco por necesidad. El humo del tabaco espantaba el mosquito, y no impedía el trabajo creador.

Oí de boca de algunos tabaqueros que el hecho de recoger la hoja en miel producía un desgaste en la energía del tabaquero a edad no muy tardía. Nunca pùde comprobar tal afirmación.  En algunas actividades posteriores a la cosecha participaba toda la familia y, a veces, algunos vecinos. Nos referimos a los procesos de despalillar las hojas que formarían sartas que luego colgarían del rancho tan típico nuestro. 

Pero hay una actividad maliciosa que caracterizó la venta del tabaco en el siglo 19 en todo el Cibao, y permeo a nuestros tabaqueros.  Como sabemos el tabaco se vende en cerones de un quintal. Pero el proceso previo a enceronar consiste en recoger las sartas de hojas ya fermentadas en los ranchos y depositarlas en "trojas" que al  humedecerse en ambiente controlado se fermentaban adicionalmente. El proceso de pasar al cerón era todo un ceremonial. En esta actividad el tabaquero expresaba sus esperanzas de dinero y felicidad, pero también de recuerdos de todo el arduo trabajo realizado. A muchos le parecía natural despojarse de la última ropa usada en el trabajo y agregarla al cerón con tabaco. Otros más maliciosos agregaban al tabaco piedras y arena para aumentar el peso. Quienes así actuaban daban mala fama a todos los productores. Pero, a pesar de que fuí testigo de algunas de las "gracias" menores y he escuchado de los delitos mayores, en los últimos meses cuando hablaba con viejos tabaqueros eran unánimes en negar los hechos que alguna vez llegaron a celebrar.

La Lima a finales del siglo 19 era uno de los centros de producción de caña de azúcar, cuyo destino en última instancia era la producción de aguardiante y melao. Se tenían trapiches movidos por bueyes para tales fines. Pero a pesar de que en Baitoa se tuvieron algunos alambiques para la fábrica de ron, el destino final para todo lo producido en la Lima era la fábrica de Eliseo Pérez en López.

Pero había  consumo de alcohol en nuestro medio. ¿Como era eso ?.

Eran famosos los "suapes" que a principios de siglo 20 se daba Mon Pineda. Nada extraño, pues era el distribuidor de ron, desde Guaraguanó hasta Jarabacoa, del alcohol producido en la empresa de Eliseo Pérez, posiblemente la más grande del país en su momento. Sea dicho de paso, el ron se trasladaba al lugar de destino con carretas arrastrada por bueyes que contenían grandes barricas de aguardiente. Los comercios lo envasaban y lo expendían de esa manera.

En otro lugar narré de las peripecias de Agustín Peña con su grito de guerra: "el diablo y la mula" siendo jinete de una yegua más loca que él. Pero la loquera etílica de Agustín sólo sucedía los fines de semana. El resto de la semana no había baitoero mas sobrio y comedido  que el señor Agustín

Otro caso lo fué Elías Núñez.
Don Elías Núnez fue en una época, principios de siglo XX, el más grande dueño de tierras en Baitoa a la vez que más grande ganadero. Por razones que no vienen al cuento vendió todo en Baitoa y se trasladó a Bonao. A principios de los 50 hizo una visita a su pueblo natal. Estando en un local comercial y siendo él, cosa extraña en su familia, amigo de libar el ron ofreció pagar una ronda de alcolhol a todos los presentes. "Tomen  ron que yo pago", me cuentan que fue su frase. Uno de los presentes sintiéndo la alegría general exclamó con gran alborozo: "una vaca muerta nos ha llegado". Tal exclamación no fue de agrado de don Elías, recuérdese que siempre fue ganadero, que enseguida rispostó: "Tomen ron que yo pago a todos los presentes, menos al pulgón que abrió su boca".
A proposito de don Elías me cuentan quienes lo conocieron que tenía la costumbre de sólo hacer dos comidas al día. La primera un gran ponche de café con huevos en la madrugada. Y luego una gran cena con abundancia de carne, asada de preferencia, entrada la oscuridad de la noche. No era extraño en él devorar una pierna de cerdo asada completa en sus opíparas cenas.

Evadía don Elias la invitación a almorzar que llegaba con la frase: "Elías desmóntese para que almuerce con nosotros". Y su respuesta de "no puedo, si lo hago, se quedan ustedes pasando hambre", la considero yo como muy pertinente.
La otra costumbre de don Elías era tomarse algún día para libar alcohol sin ingerir alimentos. Dos actividades incompatibles según su parecer. Y cuando Elías tomaba los que se le unían disfrutaban, pues el pagaba todo lo bebido. Y si en el proceso se pedía algo de comer, que podría ser pan, conconete  con mantequilla o queso el hacia la salvedad, cuando iba a saldar la cuenta: "Yo pago por las bebidas, pues la comida la debió ordenar algún pulgón que no me conoce bien"

Me parece que pocos baitoeros fueron alcohólicos, como tales. Y bastante de los que han sido han abandonado el alcohol de una manera asombrosa.   A través de la historia de Baitoa, el consumo de alcohol no estuvo seguido del surgimiento del comercio del sexo. Pero de este tema hablaremos en una próxima entrega.

Se podría pensar que siendo Baitoa una comunidad aislada la gente podía ser descuidada en el vestir. Nunca tal cosa fue cierta.
Mis abuelos me llegaron a narrar de como se escogía el vestir y la montura para llegar a Santiago. El baitoero fue siempre "pribón" en el vestir. Y respetuoso.  Lo de respetuoso lo menciono porque me contaba mi abuela que si se llegaba a Santiago en período de Semana Santa, las monturas, en llegando al puente de Perico Pepín, sobre el arroyo de Nibaje, debían tener las pezuñas cubiertas con trapos para así no despertar el silencio de tan sacra celebración.
Pero los domingos y días de fiestas los baitoeros vestían con traje blanco, o flú como se le llamaba, y se colocaban de los  llamados sombreros de Panamá ( aunque en honor a la verdad eran los sombreros de JipiJapa y de procedencia ecuatoriana). Era de mal gusto no vestir de esa manera.

Mi abuela que era madre soltera, como diríamos hoy, o mujer sola como se usaba entonces, viviendo en los Callejones,  en las cercanías donde Ramón Pérez, su sobrino,  tuvo vivienda luego, se le ocurrió descargar una "terina" de agua en la parte de atrás de su casa, con tan buen sentido que el agua le cayó encima a un señor de Mocán que llegaba a Baitoa para la gallera vestido de flú blanco. El señor protestó, y mi abuela le rispostó en términos tajantes  por la osadía que tuvo en penetrar a las cercanías de una casa donde vivía una mujer que debía respetarse. Nos imaginamos que el forastero optó por entrar en razones y se retiro a secar su humedad en otro sitio.
Con los adolescentes otra era la forma de vestir. El joven hasta llegar a los quince años llevaba un pantalón "arremangado" hasta las rodillas. En llegando a la mayoría de edad se tenía la ceremonia de "bajar" los pantalones que consistía en descoser el pantalón para llevarlo hasta los tobillos. 

Para que se tenga una idea de la importancia del ceremonial de "bajar" los pantalones veamos dos casos.

El primer caso tiene su origen en los siguientes hechos. Debio haber sido el año 1898, llega de La Penda una comadre o familiar de los Núnez de visita  a casa de Sebastían Núñez y Emilia Pérez, que entonces vivían en La Lima, con su hija, adolescente, de nombre Lola Múñoz. Lola impresiono, no sólo por su porte sino sobre todo por que llevaba puesto un sombrero de alas anchas que no se conocía en Baitoa. 

En lo que las comadres hablan la joven Lola ve que hay un montón de ropas por lavar. Sin pedir permiso toma la ropa la lava y luego, en la tarde, procede a planchar la ropa en cuestión.  Doña Emilia Pérez, que era la verdadera jefa del hogar, le dice a la comadre: "Comadre quiero a su hija para esposa de mi hijo Leopoldo. Ese hijo mío tiene unos amoritos que no le convienen, así que en dos años hacemos el compromiso y el matrimonio ahí mismo"  Parece ser que las edades de los jóvenes eran compatibles. 

Efectivamente pasa el tiempo acordado  y  el jóven Leopoldo acaba sus amores, pero enseguida se compromete con una hija de Gabriel Franco, de nombre Ernestina. Gabriel Franco era ya persona de respetar y los compromisos con sus hijas no terminaban así tan facilmente. Y llega la fecha en que la joven Lola viene de regreso a Baitoa para sellar la palabra comprometida. Doña Emilia ante el trance actúa con prontitud: " Leopoldo está comprometido con una hija de Gabriel Franco, pero ahí tengo a mis hijo Abraham. Se sigue lo acordado, pero ahora el matrimonio será con Abraham". 

Abraham vestía aún pantalones cortos. No sabemos en que orden recibió las ordenes: uno, se le van a bajar los pantalones, dos, se casará usted con la joven Lola. Sin entrar en nimios detalles, sólo debo indicar que Abraham saltaba de la alegría. Las malas lenguas señalaban que toda su alegría se debía a que le "bajaron" los pantalones.

El otro caso que me viene a la mente es la de Ramón Antonio Peña H. Me narraba por el año 1996 de sus encuentros con Juan Bosch y Joaquín Balaguer en distinas épocas de su vida. A Balaguer lo conocío teniendo él, Peña H.,  unos 14 años, es decir 1918. Él repartiendo volantes, con pantalones cortos,  y Elito Balaguer lanzando discursos desde la glorieta del parque Duarte en Santiago con traje formal. La narración me la hacía para contrastar el hecho de que para el año 1998 el profesor Peña H (Ramón Antonio) tenía ya 94 años y Balaguer tenía dos años menos que él. "Pero cuando eramos jóvenes el me aventajaba con al menos tres años", se lamentaba el profesor.

El problema es que no era adecuado presentarse en sitio público o privado con ropa inapropiada, como nos lo muestra el siguiente hecho.
Aunque ya para 1916 don Leopoldo Núñez tenía una posición económica holgada, no por ello era pródigo en sus gastos. Para ese año y acercándose las fiestas patronales de Agosto decidió regalar un par de zapatos a sus dos hijos Amable y Ramón para que compartiesen en el uso de los mismos y pudiesen alternar por el poblado a contemplar las maravillas que se presentaban ante sus ojos, pues al alcance de los bolsillos no estarían los conconetes, ni otros productos que se exhibían para la venta. Pero siendo el joven Amable muy desinquieto,  hizo la propuesta, que fue inmediatamente aceptada por su hermano, que en vez de turnarse en el uso de los zapatos tomará cada uno un zapato y en el pié libre simularan un accidente que disfrazarían con gazas y mercuro-cromo. Dicho y hecho. Los hermanos pudieron hacer acto de presencia en el poblado cada día de esta actividad anual, a condición de que no debían encontrarse, pues de esa manera se notaría la ocurrencia. Las apariencias en el vestir debía predominar sobre todas las cosas.

He dejado algunos aspectos de nuestras costumbres en el teclado. Especificamente las actitudes y costumbres  del baitoero que giran alrdededor  la enfermadad y la muerte. La próxima semana pienso escribir sobre este tema. Y para otra entrega posterior pienso escribir sobre la forma que afrontamos la relación con personas del sexo que nos agrada: el enamoramiento, el matrimonio y las aventuras amorosas. Pero será mucho más adelante.